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El terror argentino después del ruido

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"La Virgen de la Tosquera",
«La Mare de Déu de la Tosquera», dirigida por Laura Casabé basada en cuentos de Mariana Enríquez

Lejos de ser sobresaltos fáciles, el nuevo terror argentino trabaja sobre el miedo como experiencia íntima y social. Nuestra Señora de la Tosquera i el susurro Señalan un cambio de tiempo: un cine que baja el volumen para molestar más. Con una estética diferente y una sensibilidad común, las películas de Laura Casabe i Gustavo Hernández Muestran cómo el terror local pasa de lo extraordinario a lo cotidiano, de la alegoría al diagnóstico, de la amenaza visible al murmullo persistente.

El terror argentino nunca necesitó importar monstruos. Durante décadas, el miedo local no se construyó a partir de lo extraordinario, sino a partir de una relación íntima con el entorno, con la familia, con la comunidad. Lo que ha cambiado en los últimos años no es el origen de este miedo, sino la forma en que se manifiesta. El terror argentino bajó el volumen. Se volvió más tranquilo, más cercano, más atento a las grietas de la vida cotidiana. Aprendió a susurrar.

Luciano Cáceres y Ana Clara
Luciano Cáceres y Ana Clara Guanco en «El Susurro»

En Argentina, el terror siempre fue una forma de leer la realidad más que un ejercicio de efectos. Incluso cuando el género coqueteaba con el exceso o lo gótico, nunca dejaba de regresar a lo social. El miedo rara vez nace de lo desconocido: aparece en lo que es demasiado familiar. El horror surge cuando lo que se suponía debía proteger (la familia, el vecindario, la comunidad) comienza a ser opresivo.

Esta forma de pensar el terror como expansión de los conflictos sociales no es exclusiva del cine argentino, pero aquí adquiere una densidad particular. Existe una tradición, compartida por diferentes geografías, que entiende que el verdadero miedo no proviene del monstruo aislado, sino del entramado humano que lo permite. Comunidades aparentemente normales, ciudades tranquilas, familias reconocibles: aquí es donde el terror se vuelve más inquietante, porque no necesita explicación.

Nuestra Señora de la Tosquera Tiene lugar en 2001, año en que en Argentina dejó de ser una fecha y pasó a ser una condición. La crisis económica no se explica ni se pone de relieve: se respira. Está en el calor que aplasta los cuerpos, en el deseo que se vuelve urgente, en las mínimas humillaciones que toman proporciones excesivas. La película es una coproducción argentino-mexicana-española y fue estrenada internacionalmente en Festival de Cine de Sundance 2025 y luego en varios espectáculos, consolidándose como una de las voces más poderosas del cine de género en la región.

el protagonista, natalia (hecho por Dolores Oliverio), vive en los suburbios de Buenos Aires, rodeado de adultos exhaustos e instituciones que ya no ordenan nada. La adolescencia aparece aquí no como un refugio, sino como un espacio de exhibición: todo se siente más, todo duele más, todo parece definitivo. Agustín Sosa encarna diegoel joven objeto de deseo, mientras Isabel Bracamonte (josefina), Candela Flores (mariela) i Fernanda Echevarría (Silvia) completa el núcleo adolescente. Luisa Merelas jugar Ritala abuela que guía a Natalia en las prácticas de brujería, ia papá brieva lo cual con una breve participación especial genera notable tensión y horror.

La literatura de Mariana Enríquez,
La literatura de Mariana Enríquez, en la que se basa «La Virgen de la Tosquera», trabaja desde hace años sobre fantasmas que no provienen de otro mundo, sino de lo que queda cuando la violencia se vuelve rutinaria.

Cuando los enamoramientos adolescentes conducen a la rivalidad y luego a la obsesión, la respuesta no es buena. No hay gestos heroicos ni arrebatos melodramáticos. Hay magia, hay gualicho. La superstición no aparece como atraso o engaño, sino como adaptación. Cuando los sistemas formales fallan, otros toman su lugar. El hechizo que natalia la búsqueda no irrumpe en el realismo: lo continúa por otros medios. La abuela que lo acompaña no remite a un pasado pintoresco, sino a un presente paralelo donde el conocimiento circula fuera de los canales oficiales. El miedo aquí no es sobrenatural. Es estructural.

La literatura de Mariana Enríquez Lleva años trabajando en esa intuición: fantasmas que no vienen de otro mundo, sino de lo que queda cuando la violencia se vuelve rutinaria. Casabe Traduce esta lógica en una puesta en escena que evita enfrentamientos y centra el tiempo. La tosquera -ese lago artificial de cantera- se convierte en un espacio ambiguo, a la vez cotidiano y cargado de simbolismo: accesible pero prohibido; Hay seguridad y demasiado cloro en la piscina municipal. En la cantera hay agua, frescura, libertad y peligro dudosos. Es un lugar de encuentro para los adolescentes, pero también un depósito de creencias, resentimientos y miedos acumulados. La Virgen que sale de la gruta no promete redención sino que condensa todas estas contradicciones y promete excesos.

mientras Nuestra Señora de la Tosquera recuerda la adolescencia en Argentina en 2001 y el origen de una larga resaca traumática colectiva, el susurro Se mueve de lado, hacia un presente que ya funciona como sistema. Dirigida por el uruguayo Gustavo HernándezLa película es una coproducción entre Argentina y Uruguay, aclamada en festivales como Sitges y dedicada a Sangre roja de Buenos Aires. protagoniza Luciano Cáceres (el padre), Ana Clara Guánicoechea (lucía) i Marcelo Michinaux (Adrián), que encarnan a una familia al borde del colapso debido a un legado inquietante que trasciende lo físico y se instala en lo social.

"La virgen de la zarza"
«La virgen de la zarza»

La película comienza con una fuga: dos hermanos huyen de un padre aparentemente violento y llegan a una casa que parece ofrecerles refugio. Buscan aislarse de una conexión inevitable con el padre. Adrián Lleva auriculares con música en todo momento para no escuchar el susurro sobrenatural de su padre, llamándolo a ser parte de un legado familiar cuyo lucía no forma parte de Ella, por su parte, intenta de todos modos salvar a su hermano de esa herencia maldita. El terror no irrumpe, sino que se instala como un personaje más. En el susurroEl mal no se presenta como una fuerza excepcional, sino como una lógica organizada. La violencia es el engranaje que hace girar la rueda social. Con efectos originales, la vigilancia no proviene del poder sino que se improvisa en el entorno más cercano y menos pensado. Una microcámara acoplada a un gato que recuerda al gato que está dentro cementerio de animales No funciona como un truco visual, sino como un hilo dramático, al darse cuenta de que el terror actual circula a través de dispositivos, mercados e imágenes. Se mueve discretamente, casi invisible, sostenido por la indiferencia y la normalización.

El elemento sobrenatural –la herencia maldita, la sangre que se transmite– no contradice este realismo, sino que lo intensifica. La idea de herencia recorre toda la película: lo que las familias transmiten, lo que las comunidades toleran, lo que las sociedades se niegan a alterar. El terror no viene del exterior. esta ahi

Ambas películas recorrieron festivales internacionales antes de llegar al público local. Y, en un contexto de creciente precariedad del cine argentino, el terror también aparece como estrategia. Es un género capaz de trabajar con pocos recursos, de convertir la atmósfera en capital narrativo, de hacer que la tensión sustituya al presupuesto. Pero esta elección no es sólo económica. Es conceptual: el terror, por definición, es el género que pregunta qué sucede cuando los sistemas fallan. Por eso es particularmente apropiado narrar la retirada del Estado, la fragilidad del derecho, la privatización de la violencia. En el cine argentino reciente, el terror no evita la política: la metaboliza. Convierte la ansiedad económica en una sensación corporal, el colapso institucional en un espacio inquietante y el trauma colectivo heredado en una estructura narrativa inevitable.

"El susurro", de Gustavo Hernández
«El susurro», de Gustavo Hernández

Hay, en este sentido, un claro giro respecto del terror argentino de décadas anteriores, más sustentado en alegorías explícitas de la dictadura o la represión. Las películas de hoy son menos simbólicas y más diagnósticas. No preguntan qué representa el terror, sino cómo funciona. Y la respuesta aparece una y otra vez en los mismos lugares: la familia, el barrio, la intimidad, la vida cotidiana, la precariedad de un sistema que falla una y otra vez. El resultado es un cine que entiende que el miedo no requiere exageración cuando ya forma parte de la experiencia común. El susurro reemplaza al grito no por restricción estética, sino porque el contenido es más perturbador.

Estas películas saben de dónde vienen y saben a qué le temen. Nuestra Señora de la Tosquera Propone que las crisis de un país puedan filmarse como un clima adolescente en el que la precariedad, la falta de expectativas y la necesidad de sobrevivir conducen a crisis, cambios de humor y el consiguiente terror. el susurro sugiere que hoy estas crisis circulan a través de redes, dispositivos y mercados, casi en silencio. Juntos dibujan un mapa del terror argentino contemporáneo, no como un género marginal, sino como una forma de pensamiento cultural.

Argentina siempre ha sido un país entrenado para vivir con la incertidumbre. Lo que revela su nueva película de terror es algo más inquietante: él también aprendió a escucharla. Distinguir, bajo el ruido de las crisis y las recuperaciones, los sonidos bajos que persisten y que, si no se atienden, se esconden en las sombras para atacarnos y destruir los lazos débiles que sostienen la red social que, si no puede contener, asfixia.

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