
La reciente escalada entre Venezuela i EE.UU No se trata de un episodio diplomático más. Es el espejo en el que debemos mirarnos con honestidad. Ambos países comparten algo inquietante: sociedades rotas, permeables, atravesadas por una vieja dirigencia política que razona y actúa con métodos obsoletos, incapaz de presentar alternativas que superen los problemas de cada pueblo.
Esta famosa grieta que nos divide no es sólo ideológica. Es una miopía sistémica que nos condena a posicionarnos “de un lado o del otro”, cancelando la posibilidad de pensar en las necesidades reales de nuestro pueblo. Y cuando la política interna es impotente, la historia nos enseña que las intervenciones extranjeras encuentran su oportunidad.
La historia de las intervenciones estadounidenses ofrece lecciones contradictorias. Tras la Guerra de Corea (1950-1953), Estados Unidos impuso un gobierno injerencista que continúa hasta el día de hoy y que la política local intenta separar. Sin embargo, Corea del Sur se convirtió en una potencia tecnológica, económica y cultural.
¿Será un fenómeno asiático? Obviamente no. Filipinas sigue sumida en el caos después de décadas de intervención. I La lista de fracasos es abrumadora: Afganistán, Irak, Libia, Somalia, Yemen, Pakistán. En nuestra región: Nicaragua, Panamá, Haití, Guatemala, Cuba, Honduras. Todos llevan las cicatrices de intervenciones que prometieron democracia y trajeron inestabilidad.
Entonces, ¿qué diferencia a Corea del Sur de Haití? La respuesta está en una palabra: materia gris. Corea del Sur no tiene petróleo, no es el granero de nadie. Lo que tiene es capital humano, inversión en educación, desarrollo tecnológico y una estrategia de país que trasciende gobiernos y colores políticos.
Y aquí llegamos al meollo del dilema argentino. Siempre se dijo que la Argentina era el pan del mundo. Sumamos Vaca Muerta, la promesa de independencia energética.
¿Pero qué pasa si Estados Unidos controla el petróleo venezolano? Venezuela tiene un PIB de sólo 82.000 millones de dólares, un 78% menos que su máximo histórico de 372.000 millones de dólares en 2012, y un PIB per cápita de sólo 3.867 dólares. Su economía está destruida. Si Estados Unidos controla este petróleo, nuestro proyecto energético quedaría obsoleto de la noche a la mañana. Con una economía que cayó un 1,7% en 2024, No podemos seguir apostando sólo por los bienes.
No podemos analizar la geopolítica desde la lógica binaria de la fractura. Esta visión empobrece el debate, profundiza la fragmentación social y nos acerca a una peligrosa anomia, debido a un liderazgo que, de un lado y del otro, insiste en ideas agotadas e incapaces de ofrecer respuestas reales a los problemas de nuestro país. El mundo está cambiando a una velocidad que nuestra política no comprende.
El desafío argentino es doble: primero, visualizar nuestra salida como sociedad y como país, construyendo un proyecto de nación que trascienda la coyuntura. En segundo lugar, comprender el nuevo orden mundial y posicionarnos inteligentemente en él.
¿Seremos el granero del mundo en un planeta que valora cada vez más la tecnología? ¿Seremos la estación de servicio regional en un mundo que acelera la transición energética? ¿O apostaremos, como Corea del Sur, por lo único que ninguna potencia puede comprarnos ni quitarnos: el talento y la creatividad de nuestro pueblo?
Venezuela nos muestra lo que sucede cuando un país se fragmenta tanto que pierde soberanía sobre su propio destino. Argentina se encuentra en una encrucijada. Podemos seguir siendo prisioneros de nuestra grieta o podemos despertar antes de que sea demasiado tarde.
La solución es pensar en una estrategia integral basada en la explotación inteligente de nuestros recursos energéticos, manteniendo fuerzas armadas capaces de defender nuestra soberanía, pero sobre todo, invertir masivamente en lo único que puede diferenciarnos en el siglo XXI: la materia gris. Y esto requiere un liderazgo político a la altura de las circunstancias, capaz de construir consensos y una visión de país que trascienda el mandato de cuatro años. ¿Estaremos a la altura del desafío? Escribiremos la respuesta, pero el tiempo se acaba.





