palabras de arena y sal

Dice el arquitecto italiano Renzo Piano que «la ciudad se hace por sí sola». Únicamente es necesario escuchar el lamento de sus historias para darnos cuenta de que localidades como Guía, Agaete, Londres, Dublín o Madrid hicieron a Santiago Gil García periodista y escritor. «Escribo porque no tengo más remedio, es una necesidad. Venimos de la nada y vamos hacia otra nada desconocida. A lo largo de ese camino nos enamoramos, nos bañamos en el mar, aprendemos de los golpes cotidianos, nos aburrimos y andamos constantemente dudando entre si esto es un paraíso o un infierno». O quizás la vida solo sea una herida, transformada en arte, como lo avalan sus más de treinta títulos, entre los que destacan: Los años baldíos (2004), Por si amanece y no me encuentras (2005), Las derrotas cotidianas (2010), Los suplentes (2010), El motín de Arucas (2010), Sentados (2011), Queridos Reyes Magos (2011), Yo debería estar muerto (2011), El destino de las palabras (2013), La costa de los ausentes (2016), Gracias por el tiempo (2017), Mediodía eterno, Premio Internacional de Novela Benito Pérez Galdós en 2020 o la reciente novela, Secuestros literarios, de 2022, publicada por la editorial Siete Islas.

– La artista canaria Pepa Sosa define el mar como «un cuadro en continuo movimiento, la pieza perfecta». Santiago, háblanos del mar, del Puerto de las Nieves, de Guayedra, de la playa de la Caleta, de ese mar del norte de Gran Canaria, referente de tu niñez y de la «costa de los ausentes».

El mar era siempre el final de todas las miradas, tanto desde la ventana de mi casa en Guía, donde lo veía lejano, como cuando paseaba por las costas de Agaete, descubriendo la vida entre las mareas y las playas. El oceáno resuena siempre en mis adentros, aquel océano de la infancia, Atlántico y sonoro, que creo que siempre se termina escuchando en todo lo que escibo. Guayedra, La Caleta, El Juncal eran playas solitarias o en las que estábamos solo los amigos jugando a ser aventureros. También es el lugar de los primeros amores y de los primeros besos, y en donde escribí el primer poema. Conocí la muerte desde muy pequeño y ante la carencia de respuestas por la partida de mi hermana, solo me quedaba el mar para buscarla y para intuir que todo esto que vivimos realmente no termina en ninguna parte.

– Tu infancia son recuerdos de un paisaje costero herido, robado, que, en un momento determinado, «desapareció». ¿Te ha acompañado la nostalgia en tu vida?

Casi todos los paisajes de mi infancia fueron destrozados por la especulación y la construcción desmedida, sin respeto alguno a la belleza. Hasta el Dedo de Dios, un referente paisajístico del Puerto de Las Nieves, desapareció al paso de una tormenta tropical. La vida es un constante juego en el que siempre ganas y pierdes inevitablemente, pero cuando hacemos desaparecer la bellleza de un lugar estamos rompiendo esas cartas del juego porque ya no hay vuelta atrás y, sobre todo, porque los que vengan ya no podrán ver lo mismo que vimos nosotros, lo que estaba en un lugar desde hacía miles de años. 

Canarias es una tierra muy herida por ese desarrollismo sin control y sin respeto alguno a la naturaleza. El planeta entero está afectado por esa conducta humana tan depredadora y egoísta. Seguimos sin darnos cuenta de que sin planeta, sin cuidar el medio ambiente, no hay vida, ni amor, ni literatura. En mi caso, me quedan los poemas y las novelas para recrear lo perdido, pero me asombra comprobar que no reaccionamos y que seguimos haciendo lo mismo, repitiendo idénticos errores y pensando que serán los que vengan luego los que sufrirán  las consecuencias de nuestras barbaries medioambientales. Ya las estamos sufriendo nosotros, pero sí, serán los que vengan más tarde los que nos juzguen y nos condenen por nuestro egoísmo y nuestros destrozos, por no pensar en ellos ni en el planeta.

– ¿Cómo se concibe ver un horizonte sin horizonte? 

El horizonte de mi infancia lo taparon con un horrendo muelle. Menos mal que hace un par de años logramos parar una ampliación que ya hubiera afectado a La Caleta o a Guayedra. Nos quedan esos lugares para seguir buscando horizontes, y todas las costas del mundo; pero mi horizonte, en el que yo aprendí a soñar o mirar atardeceres, ya no existe. Y respondiendo a la pregunta, solo se concibe escribiendo, buscándolo más allá de las palabras. La literatura es un horizonte que no termina en ninguna parte.

– «Aparte de futbolista, recuerdo que siempre decía que quería ser locutor de radio. Lo de escritor vino luego; supongo que cuando vi que, perdida la infancia, o me inventaba otros argumentos, o la cosa se presentaba realmente aburrida, monótona y previsible». ¿Escribimos para contar lo que somos o lo que pudimos haber sido? 

Sí, creo que escribimos para tratar de entender quiénes somos y para saber que realmente pudimos haber sido, si no lo fuimos y lo seguimos siendo, los protagonistas de muchas biografías que, a lo mejor,  solo recordamos cuando se cruzan las palabras. La lectura, la llegada de los libros me salvó del abismo de la muerte y me permitió seguir jugando como cuando era un niño. La escritura no es más que una consecuencia de la lectura de esos libros y de todos los que sigo leyendo, de las historias de quienes también necesitan buscar más allá de la vida y de la muerte para tratar de entender este juego en el que solo sabemos que desapareceremos para siempre.

– ¿En qué medida crees que fenómenos como las migraciones o el turismo han influido en la creación literaria de Gran Canaria?

La historia de Gran Canaria cambia con la construcción del Muelle del Puerto de La Luz a principios del siglo XX, pero esta isla fue primero tierra de emigrantes y, por tanto, tiene el deber de ponerse en el lugar de quienes vienen huyendo del hambre y de la pobreza, pero no podemos hacerlo solos y necesitamos que Europa entienda que somos una puerta de entrada para que no se rompe la cohesión social y  para que no dejemos nunca de ser solidarios y de respetar los Derechos Humanos.

El turismo bien entendido, como lo planteó César Manrique en Lanzarote, es nuestro presente y también nuestro futuro, por el clima, por los paisajes, no solo las playas, y porque no se puede concebir otra economía que genera los recursos que precisan quienes viven aquí. Yo abogo por un turismo que no implique deterioro y especulación, aunque es verdad que esa guerra la seguimos perdiendo a diario, como también se perdió en Lanzarote después de la muerte de César. El turismo, como decís, también nos ha dado una mirada cosmopolita y universal a muchos de los que escribimos, lo mismo que la inmigración nos ha ayudado también a comprender un poco mejor este siglo.

– Nuestro admirado Julio Llamazares ha declarado, en numerosas ocasiones, que «el periodismo es otra faceta de la literatura». ¿Qué tienen en común para ti ambas disciplinas?

El periodismo es lo que me convertió en novelista. Estudié la carrera en Madrid y he desarollado casi toda mi trayectoria profesional en Gran Canaria. Me enseñó a contar, a mirar un poco más allá de lo que tenía delante y, sobre todo, me enseñó la disciplina, el escribir cada día,  y así te duela la cabeza o estés cansado, no puedes dejar nunca la página del periódico en blanco, y entonces te das cuenta de que cuanto más le pides a tu mente más te da, más palabras, más argumentos, más oficio, que es determinante para escribir, el oficio y la constancia. Ya luego está la mirada poética,  y ahí ya es cada uno el que tiene que rebuscar en su vida y en su alma.

– En cualquier caso, tanto en el Periodismo como en la Literatura, late tu amor por la palabra. ¿Qué valor le das al tiempo? 

El tiempo aparece en toda mi obra, en los títulos de varios libros y en muchos argumentos. Somos tiempo, hijos del tiempo que vivimos, pero, a su vez, intuimos que no existe, que no es más una entelequia que hemos inventado para no extraviarnos entre nuestra llegada y nuestra partida, para ser conscientes de que estamos vivos. En literatura el tiempo se cuenta siempre  por lo que dura un libro.

– Comprometido con una nueva forma de narrarnos, en cada uno de tus artículos sigues «contando a la gente lo que hace la gente». ¿Cómo se traslada al lector actual, desde los medios de comunicación, lo extraordinario de la cotidianidad?

Mis argumentos están siempre en lo cotidiano, a veces variando un poco lo que veo y otras veces eligiendo un detalle, cualquier detalle más o menos importante que uno tiene que saber interpretar y contar para luego crear una historia que se convierta en ficción, que sea mentira, aunque se parezca mucho a la realidad que a veces cuenta.

– «Aprendí a dejar que, cuando no hay respuestas, sea la propia la vida la que ayude a encontrar los caminos». ¿Tu senda de esos años baldíos se ha forjado a partir de viajes y retornos? 

La vida escribe y nosotros tenemos que aprender a ser los personajes que ella va eligiendo azarosamente. Te puedes rebelar, pero ante el amor o la muerte, es ella la que manda, la que al final decide. Nosotros podemos escribir sobre lo que vamos viendo, cambiar los argumentos reinventarlos, y también curarnos algunas heridas; pero lo que no podemos nunca es estar quietos, renunciar al viaje, al movimiento constante del destino. Siempre confío en la vida, nunca he perdido la fe en ella, y ella me ha devuelto una y otra vez  la esperanza. La vida me sigue dando mil oportunidades para seguir escribiendo y aprendiendo.

– Desde tus inicios literarios, se vislumbra en tus textos una mirada de infinita tristeza hacia lo cotidiano, especialmente, hacia esos seres que no queremos ver, pero también te acercas a la ficción desde una visión sarcástica e incluso mordaz, como ocurrió en Queridos Reyes Magos o sucede en Secuestros literarios. ¿El humor nos permite comprender mejor lo que está a nuestro alrededor?

Hay una tentación de la tristeza que va unida a nuestra condición de mortales. Todo termina. Y ese final siempre tiene un regusto amargo que acaba apareciendo en muchos de mis argumentos, pero al mismo tiempo me gusta acercarme a ese supuesto drama desde el humor y la ironía para aprender a relativizar muchas cuestiones que creemos importantes y que no valen para nada si logramos reírnos, primero que nadie, de nosotros mismos.

– ¿El escritor ha de adentrarse siempre en esas sombras, de las que hablaba Kafka? 

Es el único  camino que conozco cuando me adentro en una historia. Buscamos entre sombras y, a veces, la literatura nos regala historias que nos ayudan a orientar un poco mejor nuestra existencia.

– Has reconocido que Mediodía eterno es la novela de tu vida, tanto por haber dado luz al pintor isleño Jorge Oramas, como por el momento vital en el que escribiste este canto a la esperanza.  ¿La belleza nos salva de la muerte y de la tragedia de la vida? 

Sí, cada día lo tengo más claro, la belleza es la mejor coartada que conozco contra el tedio y contra tanta fealdad cotidiana. La belleza como emoción, como un sendero que uno sabe que le lleva a algún lugar que merece la pena aunque nunca lleguemos. La belleza como intuición y como estrategia. La literatura siempre como un acto de amor y de belleza.

-Tiempos de Caleila, Una noche de junio, (ambos premiados con accésits en el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria), El color del tiempo, (Premio Esperanza Spínola de Poesía, 2007), Trasmallos, La extraña suerte, Té Matcha o Tentación de náufrago conforman algunos de los títulos de tus poemarios. Al final, cuando recogemos las redes, lo que permanece es la poesía, ¿no? 

La poesía va recogiendo lo que realmente mantenemos a salvo, lo que no olvidamos y lo que merece la pena. Cada día tiene su poema, cada año, cada vivencia, y cuando nos releemos en los poemas ya no reconocemos casi nunca a aquel que los escribió, porque al escribirnos no hacemos más que avanzar hacia otro reto que algún día también puede llegar a ser poema. Cada verso es una pista que vamos dejando de lo que hemos ido aprendiendo en la vida.

– En el poema «Caricias», se explicita: «Nos quedan muchos cambios y muchas revoluciones para que este mundo sea más habitable». ¿Cuáles son  prioritarias para Santiago Gil?

El amor. A estas alturas, ya solo creo en el amor como una único camino de salida o de regreso.

– La vida, a veces, no es más que el vuelo de una niña que sueña, ¡Vuela!, y los sueños que reconocemos en El niño Luján. Necesitamos contar a las nuevas generaciones, con la misma ternura y sensibilidad con la que tú lo haces, lo que otros nos dieron. ¿Somos conscientes de que tenemos una responsabilidad con PeriodistasdeGénero que estamos dejando a nuestros jóvenes? 

La responsabilidad que tenemos es la de dejarles un planeta habitable y una cultura que ayude a que todos podamos comprendernos un poco mejor. La educación es el camino que nos puede llevar a ese  futuro mejor, al que no veremos, pero al que sí podemos ir construyendo desde ahora. También somos los espejos para que los que  ahora son niños sigan leyendo, aunque creo que la lectura, a pesar de tanta tecnología y de tanta pérdida de tiempo, siempre será necesaria, no para buscar respuestas sino para seguir interrogándonos y preguntándonos dónde estamos y qué se espera de nosotros en este tránsito. Mientras seamos mortales, buscaremos libros para cobijarnos.

Desplegamos alas, estimados lectores, con la sensación de que en la brisa de este océano Atlántico se queda, para siempre, nuestro destino, una parte de nuestra memoria, la inmensidad del azul, la sinfonía de la herida, la eterna gratitud de latintaentretusdedos hacia ese niño que, un día, nos enseñó a buscar siempre la belleza. 

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