No es una locura, es un hecho.

El escritor Ricardo Menéndez Salmón dice que quienes confunden sencillez con rapidez, creyendo que el cuento es el género que mejor entiende y explica la actualidad, PeriodistasdeGénero «fluido» en el que vivimos o el futuro, están equivocados. Increíblemente, se acerca a nosotros cada vez más rápido. Sólo las narrativas extensas, añadió, pueden hacer frente a una realidad cada vez más compleja.Aunque nadie tiene el tiempo, la energía o las fuerzas para leerla, sólo hay una novela (y una novela, probablemente larga y compleja, con muchas digresiones y distracciones) que se parece a nuestras vidas.

Sé que esta reseña llega demasiado tarde, pues varias voces ya han advertido que Aquellos que escuchan es una obra maestra, juicio que sólo puedo confirmar felizmente después de leer quinientas páginas.Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974) consiguió Encuentra un lugar donde puedas escribir una historia realmente buena y construir un monumento duradero a un presente que cambia cada cinco años. Más profundo y más deslumbrante que lo que cada 200 ha hecho en el pasado.

No hay nada «post» infantil en Sánchez Aguilar, ni el más mínimo encanto de su estirpe «nocillera» (en el mejor de los casos, una innecesaria concesión ingenua al rock Flagel, que en una película sin nada de duro ni pedante domina los capítulos más atroces de la novela), Sánchez Aguilar construye Una novela relativamente «clásica», elegante, sabia y más realista de lo que parece, si no por la trama, sí por el tratamiento de los personajes, los conflictos personales.situaciones laborales cotidianas y huellas en la psique de la familia que juega un papel protagonista en las tramas más íntimas.

La Cumbre del Futuro es el punto de partida, con excelentes instintos «políticos» (y espacio para el humor)pero supe más de las penurias íntimas de aquellas hermanas, de aquel niño, incluso de aquel santo Ulises que trastocó los acontecimientos, pero no de una novela que visita una escuela, una oficina, un hospital o una comuna, y Por su ritmo y contenido, es un poco como una balada alienante sobre quienes vivimos (o nuestras vidas) «mirando su teléfono cada tres minutos». En un gesto mecánico, la desesperación no significa nada”, en el que los viajeros solitarios y alienados que deambulan por zonas y carreteras desiertas destacan por su cautivador poder simbólico. No fue “la locura sino la verdad” lo que los destruyó: dice Uliseslleva el nombre de un hombre que intentaba llegar a casa.

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